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Publicado el 18 de noviembre de 2025 a las 14:26

Siete horas fue lo que duró la reunión a puerta cerrada que mantuvo el ministro de Minería y su equipo con dieciséis representantes de cámaras vinculadas a la actividad. Una cumbre larguísima, tensa, catártica y con un nivel de sinceramiento que, según sus propios protagonistas, “hacía años que no pasaba”.
El encuentro fue convocado para discutir los avances del anteproyecto de la nueva Ley de Proveedores Mineros, el famoso Compre San Juan con perfil minero. Pero terminó siendo mucho más que eso: un reencuentro inesperado entre dirigentes que venían sin hablarse, que habían roto relaciones, que se habían escindido para fundar nuevas cámaras y que, de pronto, quedaron encerrados durante siete horas frente a frente, sin escapatoria diplomática posible.
La lista de asistentes explica por sí sola el nivel de tensión: Fernando Oye (Caprinza), Fernando Godoy (ex Casemin), Dale De Capsen, Mijail de la nueva cámara, Natalie Varela (Capresmi Iglesia, ex Casemi), Ramón Martínez (Cámara Argentina de la Construcción, Delegación San Juan), Leonardo de la Vega (Unión Industrial), Juan Pablo Delgado (Casemia), Eduardo Caputo (Caperfo, perforistas), Carlos David (Cámara de Empresarios de Calingasta), representantes del Colegio de Geofísicos, del Colegio de Ingenieros en Minas, del Consejo de Ciencias Geológicas, Víctor Grau (Aituric, Iglesia), Franklin Sánchez (Cap Promer–Uyum), hijo del exintendente y actual defensor oficial Franklin Sánchez, y Luis Crocco (Carpen). Un mapa completo de dirigentes que, en más de un caso, habían terminado enemistados al punto de fracturar instituciones enteras.
“Fue una catarsis”, coinciden varios. Arrancó amable, se puso áspera, se volvió muy tensa y terminó otra vez amable. No hubo gritos, no hubo golpes ni golpes en la mesa, pero sí hubo reproches históricos, reclamos cruzados, acusaciones veladas y una larga lista de pases de factura que venían acumulándose desde hace años. Nadie lo dice abiertamente, pero más de uno salió de ahí con la sensación de haber dicho lo que no podía decir hace mucho.
Del lado del Ministerio también hubo respuesta. No quedó todo en escuchar. La discusión sobre el proyecto de ley fue parcial, pero intensa. Las cámaras pidieron cambios, plantearon objeciones, cuestionaron criterios y reclamaron que el texto final no termine favoreciendo a unos pocos. La cartera minera apuntó que todavía falta una última revisión antes de mandar el proyecto a la Legislatura y que resta recibir la opinión formal de las operadoras mineras. Si eso llega rápido, la norma podría entrar antes de fin de año, justo en el tramo en el que Diputados aprovecha para meter todas las leyes que no se trataron durante el ciclo ordinario.
La imagen final fue casi insólita: después de siete horas de tensiones acumuladas, todos se fueron saludando. No amigos, pero sí civilizados. Sincerados. Un alivio para un sector que, por momentos, parece más fragmentado que el mapa político provincial.
Si algo dejó en claro esta reunión es que la minería no solo necesita reglas claras, sino también espacios donde sus propios actores puedan sentarse a hablar sin intermediarios ni silencios acumulados. En este caso, la catarsis salió gratis: no hubo servicio de catering, pero sí un sincericidio colectivo que nadie esperaba.