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POLÍTICA FALLECIMIENTO

Eduardo Quatroppani: origen y legado

Publicado el 21 de julio de 2025 a las 14:25


Eduardo Quatroppani: origen y legado

El lunes 21 de julio, San Juan amaneció con la noticia del fallecimiento de Eduardo Quattropani, fiscal general de la Corte de Justicia de la provincia. La pérdida de «Jimmy», como lo conocían en el mundo político y judicial, no es solo la muerte de un funcionario clave, sino el fin de una era institucional marcada por su inteligencia, su estilo de liderazgo y su capacidad única para blindar al Ministerio Público.

Para comprender su legado, es necesario subirse y retroceder al año 1992. El 17 de noviembre de ese año, Jorge Alberto Escobar fue destituido como gobernador a través de un juicio político impulsado por un acuerdo político entre el bloquismo, la Cruzada Renovadora y el entonces gobernante Frente Justicialista Provincial (FREJUPU). Esa movida marcó un antes y un después en la política sanjuanina: no solo desplazó a Escobar, sino que sentó las bases de un nuevo pacto de gobernabilidad con Juan Carlos Rojas como gobernador.

En ese nuevo tablero de poder, la designación de Eduardo Quattropani como fiscal general en 1993 fue mucho más que una decisión judicial: fue un gesto político de equilibrio. Respaldado por figuras clave del bloquismo y la Cruzada Renovadora, Quattropani —con apenas 35 años— asumió uno de los cargos más sensibles de la estructura institucional sanjuanina. No llegó por azar. Su historia personal, su paso por el Foro de Abogados y su vínculo con estructuras políticas de entonces lo convirtieron en el nombre que todos necesitaban para garantizar la estabilidad.

Desde entonces, el Ministerio Público Fiscal encontró en él un conductor con olfato, audacia y visión estratégica. Quattropani fue todo menos ingenuo. Supo desde el principio que el diseño institucional surgido de la reforma constitucional de 1986 era un esquema defectuoso: subordinaba el Ministerio Público a la órbita de la Corte de Justicia, tanto administrativa como presupuestariamente.

Y a pesar de eso, Jimmy construyó independencia real, sin que los papeles lo dijeran. Sin estridencias, sin pelear por pelear, fue diseñando un poder propio, sólido, respetado. Le dio al Ministerio Público una identidad, un blindaje y una cohesión que sobrevivió incluso al recambio total de la Corte.

Quattropani enfrentó a más de una Corte, con todas se peleó, con todas negoció. Sabía que a las trompadas no se llegaba lejos, y por eso prefería la táctica a la confrontación directa. Fue duro puertas adentro, pero leal y protector puertas afuera. Para sus fiscales, fue una figura respetada y muchas veces temida, pero siempre reconocida como líder. Nadie podía tocar “a sus pollos”, incluso cuando alguno se mandaba una cagada histórica. Él los defendía en público y los disciplinaba en privado.

Así, edificó su poder: desde adentro, con estrategia, con paciencia. Lo hizo durar más de tres décadas, sobreviviendo incluso a los procesos de recambio institucional más profundos. Cuando se fue la vieja Corte, él permaneció. Cuando llegó la nueva Corte, él ya la había anticipado. Con astucia, logró que el rediseño del poder judicial lo tuviera como piedra angular.

Su fallecimiento, a los 67 años, deja un vacío político e institucional que será difícil de llenar. Jimmy ya había anunciado que este era su último año al frente del Ministerio Público. El proceso de sucesión estaba en marcha, o al menos esbozado. Ahora, con su muerte, se abre una nueva etapa. Y como todo en San Juan, será profundamente política.

Porque el cargo de fiscal general es político. No en el sentido partidario, sino en el más puro y crudo de la política: es un lugar de poder, influencia y permanencia. Puede durar 30 o 40 años, y quien lo ocupe impactará en la estructura judicial por generaciones. Según la Constitución, ahora se abre un proceso que incluye Consejo de la Magistratura, terna de candidatos y votación en la Cámara de Diputados. La Corte de Justicia deberá formalizar la vacante y la subrogancia, que, aunque ya recaería en el fiscal adjunto Galvani, debe ser protocolizada.

Eduardo Quattropani sabía de estos tiempos. Sabía que se venía una transición. Probablemente ya la estaba dibujando. Pero la muerte, impredecible como la política, no lo dejó cerrar ese último capítulo.

Hoy, mientras se lo despide, no solo se va un fiscal. Se va una forma de ejercer el poder. Se va una figura que entendió —como pocos— que la política y la Justicia no son mundos separados, sino vasos comunicantes. Y que, para sobrevivir en ambos, hacía falta algo más que ambición: hacía falta inteligencia.

Y de eso, a Jimmy, le sobraba.